El paso a paso de mi propia máscara
Usar tu propio rostro como herramienta. Dejarte
cubrir con vendas húmedas y crearte un nuevo rostro. Delinear
nuevos rostros también, descubrir sus particularidades…
quizá unos labios más gruesos, unos pómulos
más pronunciados, un mentón menos largo; inevitablemente
comparar pero también aprender a mirar…
Primero construimos el esqueleto de la máscara,
empezando por el contorno del rostro y luego ponemos las vendas
a manera de cruz que atraviesa la nariz. Luego, rellenar, cubrir
los espacios vacíos: la frente, las mejillas, los parpados,
hasta los labios cerrados, sólo dejar espacio para los
ojos y para respirar. Los ojos de la máscara son huecos
para cuando se use, la persona le presté sus ojos y su
mirada, y hasta le permitas respirar a través de ti. Pero
ese viene después porque ahora sólo has obtenido
una máscara blanca y sin expresión.
Dejamos secar las máscaras sobre una mesa y en ese mar
de rostros sin expresión, buscas reconocerte y reconocer
a los demás. No es fácil, hay que observar con cuidado,
fijarse en los pequeños detalles, en esos detalles que
caracterizan a cada persona. Hacemos el juego de descubrir quien
es quien primero, hay caras más fáciles de descubrir,
hay otras que no tanto, personas que conoces menos.
Al día siguiente, a pintar. Volver a utilizar temperas
y pinceles, jugar con los colores, marcar los ojos, agrandar o
borrar la boca… Crear nuevos personajes.
Cada máscara va cobrando su propia personalidad, inspirada
en la personalidad de quien la pinta, de quien le dará
vida al usarla.
Una vez seca la pintura, hay que protegerse… proteger el
nuevo rostro del medio ambiente, fijar los colores y darle brillo.
La solución: encerar.
Finalmente, hay que colocar la liga que va permitir sostener
la máscara a nuestra cara. Y ¡voala! Hemos creado
un nuevo rostro, el cual quizá colguemos en una pared o
coloquemos en una mesita… aunque no vendría mal prestarle
nuestro cuerpo para darle vida.
Giorgina Sebastiani
Alumna de la Especialidad de Artes Escénicas- PUCP